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El premio por creer

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—¡Ah, señor mío! ¿Qué haremos? —preguntó el siervo de Eliseo.

El rey de Aram —en lo que hoy es territorio sirio— estaba en guerra con el antiguo Israel y había enviado un ejército a la ciudad de Dotán para capturar al profeta Eliseo. Los soldados llegaron de noche, de modo que temprano a la mañana siguiente, cuando el criado de Eliseo despertó y salió, vio que la ciudad estaba rodeada por tropas con caballos y carros de guerra.

Al contárselo a Eliseo, éste respondió:

—No tengas miedo, porque más son los que están con nosotros que los que están con ellos.

Elevó entonces Eliseo una oración por su criado:

—Te ruego, Señor, que abras sus ojos para que vea.

El Señor abrió entonces los ojos del criado, y este vio que el monte estaba lleno de gente de a caballo y de carros de fuego alrededor de Eliseo. (La Biblia narra estos hechos en 2 Reyes 6:8-17. Te recomiendo leer el resto del capítulo, que describe el impresionante desenlace.)

Según ese relato, el ejército de ángeles llevaba ya tiempo allí; pero el criado tenía miedo porque no se había percatado de ello. ¿Por qué será que nos cuesta tanto creer en lo que no hemos visto? La Biblia nos promete: «A Sus ángeles mandará [Dios] acerca de ti, que te guarden en todos tus caminos» (Salmo 91:11). ¿No podríamos simplemente creer porque Dios lo ha dicho?

Ver es el premio por creer, no al revés.

¿Por qué tiene que ser así? ¿Por qué nos lo pone Dios tan difícil? ¿Por qué tenemos que aceptarlo todo a base de fe? La respuesta radica precisamente en esa palabrita: fe. Si lo pudiéramos ver, no nos haría falta fe. Jesús le dijo a Tomás: «Porque me has visto, Tomás, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron» (Juan 20:29).

Dios concede mucha importancia a la fe y la considera muy digna de elogio (Hebreos 11:6), ya que es señal de amor y de confianza en Él, de que creemos en Él y en Su poder espiritual, así como en los principios que nos ha trazado en Su Palabra.

Por los duros y polvorientos caminos de la vida vamos avanzando cansados, acalorados, llenos de cicatrices; pero al Cielo llegamos triunfantes. Los ángeles tocan trompetas para anunciar nuestra victoria. En efecto, dimos pelea cuando parecía que todo el mundo estaba en contra de nosotros. No naufragamos cuando las tempestades de la vida zarandearon nuestra nave. Sobrevivimos cuando Satanás nos atacó por todos los flancos y arremetió con toda su saña. No nos rendimos. Nos esforzamos al máximo. ¡Tuvimos fe! Ganamos la guerra de la fe. Y por eso nos está reservada una corona de justicia (1 Timoteo 6:12; 2 Timoteo 4:7,8).

Hace varios años estuve muy enferma de cáncer. Cuando me recuperaba, Jesús me dijo que me daría un ángel consolador que me hiciera compañía. Jamás vi su rostro, pero durante muchos largos días y solitarias noches, cuando el dolor arreciaba, sentí su presencia. Me daba la impresión de que me recostaba en el regazo de ese ángel, y de que me abrazaba y me acariciaba la cabeza como una tierna madre. Me envolvía en un aura suave y cálida que me proporcionaba una paz maravillosa. Pese al dolor, esa muestra de cariño del Cielo me sobrecogía y me llenaba de gratitud.

Ahora estoy segura de que los ángeles no andan muy lejos de nosotros, de que no están flotando en las nubes. Están aquí, a nuestro alrededor, día y noche, para servirnos, ayudarnos, consolarnos y protegernos. Puede que no los vea, pero tengo la certeza de su cercanía.

El día en que reciba mi galardón celestial sabré que no me lo he ganado sola, sino que en mi lucha de fe conté con la ayuda de «una gran nube de testigos» (Hebreos 12:1), las tropas invisibles del Cielo. En ese día de gloria quiero conocer a mi ángel consolador y a los otros seres que me acompañaron y me animaron cuando desfallecía. Ese día les daré las gracias cara a cara.

 

La confianza plena en el Señor nos permite gozar de paz en medio de la tormenta, disfrutar de calma en el ojo del huracán. Me acuerdo de un concurso de pintura en el que se pedía a los artistas que ilustraran el concepto de la paz. La mayoría de los participantes presentaron cuadros de tranquilas escenas bucólicas que reflejaban una quietud absoluta. Esa es una forma de paz. Sin embargo, la paz más difícil de alcanzar fue retratada por el cuadro que salió galardonado. Representaba los rápidos de un río, rugientes, atronadores, cubiertos de espuma por la violencia de la corriente. No obstante, en una ramita que se extendía sobre el agitado río había un nido en el que gorjeaba serenamente un pajarillo. Es en medio de la tormenta cuando es puesta a prueba nuestra fe. La tranquilidad es señal de fe.—David Brandt Berg

«Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús».—Filipenses 4:6,7

 

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