«Esto será fácil», pensé cuando me preparaba para ingresar a la secundaria. No esperaba tener dificultades para hacer amigos o relacionarme con mis compañeros. Por desgracia, mi confianza se hizo añicos el primer día de clase, cuando conocí al chico que habían puesto a mi lado.
Sean (se pronuncia Shaan) era de mi estatura, pero pesaba el doble que yo. Era descuidado en sus estudios, nunca se preparaba para los exámenes, y gritaba y maldecía a profesores y estudiantes por igual. Cada vez que se le presentaba la oportunidad, se ponía a fanfarronear interminablemente sobre los violentos videojuegos a los que jugaba, cuya influencia se hacía notar en su comportamiento agresivo y destructor. Al poco tiempo se me quitaron todas las ganas de sentarme a su lado.
Sin otras opciones de empleo en aquel momento, mi situación no era muy feliz que digamos. Mi jefe me hacía la vida imposible. Era egoísta, maleducado y vulgar. Sin embargo, al igual que el gerente incompetente de la teleserie The Office, se creía el mejor amigo de todos. Cada vez que yo trataba de explicarle las cosas que me molestaban, él me escuchaba atentamente y me daba las gracias; pero luego seguía igual. No modificaba su comportamiento ni un ápice. A pesar de que presenté una queja a su superior, nada cambió.
Parecía que estaba condenado a trabajar indefinidamente en aquel ambiente estresante, sin posibilidad de ejercer control alguno sobre los incidentes que se producían, algunos un poco fastidiosos y otros francamente escandalosos. Uno de estos últimos me llevó por fin a la desesperación. Aunque no había nada que pudiera hacer para cambiar la situación, la rabia que tenía dentro me iba a destruir si no hallaba la forma de liberarme de ella.
Hace varios meses, durante un período de intenso trabajo, me entraron muchas ganas de tomarme un descanso. Sabía que necesitaba pensar en mi futuro y en mis planes a tenor de ciertos cambios en mi entorno que iban a afectar mi carrera y mis condiciones de vida. Al mismo tiempo, también me hacía ilusión hincarle el diente a un proyecto personal que desde hacía meses me tenía entusiasmada y al que no había podido dedicar mucho tiempo por andar tan embebida en mi trabajo. Era algo que me apasionaba y que me parecía que sería un buen punto de partida para materializar algunos de mis sueños y objetivos.
—¡Mari-i-i-i-ie! —retumbó por toda la casa la voz de Ivo, mi esposo—. ¿Dónde dices que pusiste mi camisa verde?
—Está colgada en el armario, en el costado izquierdo, entre las camisas blancas y tu saco.
—¡No la veo!
Subí por las escaleras y entré en la alcoba.
Ciertas personas nos gustan más que otras; y también hay que reconocer que cada uno de nosotros resulta más agradable para unas personas que para otras.
Cuando trabajaba de enfermera en la sala de emergencias de un hospital en Reikiavik (Islandia), me sentía bastante segura de mí misma y me consideraba capaz de afrontar casi cualquier situación. Me encantaba la acción, la adrenalina, y siempre me ofrecía para los casos más difíciles.
Decidí que más vale tarde que nunca y me atreví con algo que hubiera debido hacer mucho tiempo atrás: con mis 50 y tantos años me inscribí en un curso de conducción en la autoescuela del barrio.
Imagínate mi horror cuando en la segunda clase el instructor me llevó a conducir por Nairobi, con su tráfico caótico.
—Trate de dejar un espacio alrededor del vehículo —fue una de las primeras instrucciones que me dio.
A veces, en el momento menos esperado, nos vienen pequeñas revelaciones que nos aclaran las ideas, nos ayudan a entender mejor una situación y reactivan nuestra fe. El otro día tuve una de esas.
Los últimos meses hemos estado muy apretados de dinero, y para colmo tuvimos que llevar nuestro vehículo al taller. Mientras esperaba a que mi esposo me llamara para decirme cuánto iba costar más o menos la reparación, le pregunté a Dios por qué nos estaba ocurriendo eso en un momento ya de por sí tan complicado.
Tiempo atrás tenía mis propias ideas sobre lo que eran la longanimidad y la paciencia. Longanimidad era soportar algo; y paciencia, soportar la falta de algo. La una iba con la frase: «Ojalá no tuviera…», y la otra con: «Ojalá tuviera…» Obviamente ambas palabras tienen también otros matices, sobre todo longanimidad.
Cuando consulté el significado del término griego µακροθυµέω (fonéticamente, makrothymia), palabra que se traduce en muchas versiones de la Biblia como paciencia o longanimidad, vi que tenía otra connotación. Makro significa grande —eso no es ninguna novedad—; y thymia significa temple, lo que sí me resultó revelador. Una traducción más literal de makrothymia sería gran temple.
Me crié en una granja de Pleasant Hill, en el estado de Nueva York. Siempre estábamos rodeados de gallinas que correteaban en busca de gusanos e insectos y escarbaban la tierra para ver si encontraban alguna semilla. En general llevaban una vida despreocupada y feliz. Esa es una de las razones por las que, a pesar de disponer de un modesto presupuesto para alimentos, compro siempre huevos de gallinas camperas. Estoy convencida de que las gallinas felices ponen mejores huevos.
Algo que noté desde que era pequeña fue que existe un claro orden jerárquico entre las gallinas. La mayoría son animales sociables y humildes que no se meten en lo ajeno. Sin embargo, algunas van por ahí hinchando el pecho, alardeando de tener señorío sobre las demás… y arrancándoles las plumas de la cola.
Hoy salí a pasear con los niños por los campos aledaños al pueblo donde vivimos. Es una zona agrícola con senderos de tierra y bosquecillos. Hacía un tiempo estupendo, por lo que fue una buena oportunidad de que los niños tomaran aire puro e hicieran ejercicio. Iban corriendo de aquí para allá buscando insectos y otros animalitos que abundan en la primavera y el verano.
Para mí también fue un respiro. En esos caminos rurales no hay computadoras ni trabajo urgente, obligaciones, reuniones, desórdenes que arreglar ni ninguno de los mil y un quehaceres que nos mantienen atareados la mayor parte del día.