Recuerdo la primera vez que fui al circo de niña. Me quedé boquiabierta al ver los espectáculos simultáneos que se presentaban en las tres pistas. En una había animales amaestrados; en otra, unos acróbatas que daban saltos y volaban por los aires. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue lo de la tercera pista. Una chica y un muchacho arrojaban unas armas de colores brillantes que, después de cruzar la pista, volvían a sus manos. Cualquiera que fuera la dirección en que tiraban esos artefactos, describían una curva y retornaban rápidamente a los jóvenes artistas, que los atrapaban y volvían a lanzarlos.
En un vuelo que tomé hace unos meses me fijé en una niña de unos diez u once años sentada al otro lado del pasillo, en diagonal. Tenía un enorme cuaderno para colorear de lo más bonito que su mamá evidentemente le había conseguido para el vuelo. En la misma fila había otra niña de más o menos la misma edad; su papá iba sentado detrás de ella. Esa otra niña no tenía libro para colorear; es más, no tenía nada para entretenerse durante el vuelo.
El estrés atenta contra nuestra felicidad, pero Dios quiere librarnos de él. El estrés dificulta nuestro desempeño y es culpable de terribles desdichas, enfermedades y hasta muertes. Un artículo publicado hace poco asegura que entre el 75% y el 90% de las visitas al médico en países desarrollados están directa o indirectamente relacionadas con el estrés.
La fe es el antídoto contra el estrés. La confianza de que todo está en manos de Dios, de que Él es dueño de la situación y es capaz de sacar algo bueno aun de las circunstancias más desfavorables elimina automáticamente buena parte del estrés que sentimos.
Habían transcurrido tres años desde el momento en que, respondiendo al llamado de Jesús, habían resuelto seguirlo. Cada caso había sido distinto. A Natanael Jesús le dijo que era «un verdadero hijo de Israel, un hombre totalmente íntegro»1. Mientras echaban sus redes en el mar, Pedro y su hermano Andrés oyeron las palabras: «Venid en pos de Mí, y haré que seáis pescadores de hombres»2. A Mateo lo halló en la caseta de recaudación de impuestos3. Los años que siguieron fueron los más intensos y emocionantes de su vida. Jesús era la persona más increíble que habían conocido jamás. Lo amaban profundamente.
Cada vez que pienso en el Día del Amor y la Amistad o Día de San Valentín, fecha que se conoce por el intercambio de cariñosos regalos entre personas que se quieren, me viene a la memoria el gran regalo que nos hizo Dios cuando nos entregó a Su Hijo, Jesús. Y me acuerdo de que todo el amor que sentimos por los demás en ese día —y cada día del año— se debe precisamente al amor que nos comunica Dios. Para Él no hay ocasión que no se preste para dar. Me gustaría seguir Su ejemplo en la medida de mis posibilidades.
Encontré un poema que me llegó muy hondo y menciona algunos de los regalos que nos hace nuestro gran Amor cada día del año. Cuando nos sentimos rebosantes de amor por todos los regalos que hemos recibido, nos dan ganas de comunicar ese amor a los demás para que ellos también lo disfruten.
Comienza un nuevo año, y no sabemos lo que nos aguarda. Lo que sí tenemos claro es que podemos dejar atrás el pasado con todas sus preocupaciones, inquietudes, dolores, pesares y equivocaciones. No hay una sola acción que podamos deshacer ni una sola palabra que podamos retractar; pero si dejamos nuestras penas y cargas en manos de Dios, Él puede hacer borrón y cuenta nueva.
Todos los días del año que pasó están fuera de nuestro alcance, y debemos dejarlos donde están. Dios guarda el pasado en Sus manos, y no debemos revivirlo ni atormentarnos con remordimientos. Es lamentable que algunas personas afirmen confiar en Dios y, sin embargo, se preocupen por las manchas y borrones de las páginas del ayer.
Para la mayoría de nosotros, hay ciertos aspectos o detalles de la Navidad que nos resultan particularmente atractivos. Estos son algunos que me gustan mucho a mí.
La generosidad
Me encanta la generosidad que se siente en el ambiente. Muchas veces en esas fechas hasta los menos desprendidos se tornan más dadivosos. Es una época en que los niños pueden aprender la dicha de compartir sus bienes con otros. Es asimismo una temporada en que todos pueden dar algo —tengan mucho o tengan poco— y encontrarlo gratificante.
Independientemente de cuál sea nuestro proyecto particular de vida, todos tenemos una aspiración en común: la felicidad.
Es obvio que la felicidad tiene sentidos y matices distintos para cada persona, aunque diríase que para algunos no significa otra cosa que pasarlo bien. De niños todos tenemos esa idea. Creemos que la felicidad es hacer lo que nos plazca, divertirnos en grande y tener que trabajar poco. No obstante, con el tiempo y luego de incontables fechorías y dolores de barriga, la mayoría aprendemos que la felicidad no proviene de echar mano de todo lo que queremos, ni es producto del ocio o de comer pasteles de chocolate.
El Día de Acción de Gracias es una festividad tradicional de Norteamérica. En EE.UU. se celebra en noviembre; en Canadá, en octubre. Sería magnífico que el mundo entero fijara una fecha para dar gracias a Dios por Su bondad y reflexionar sobre los innumerables favores que nos concede. ¡Es tanto lo que Dios ha obsequiado a la humanidad! Para empezar, nos entregó el don de la vida y un mundo de maravillas en el que tener hermosas experiencias, un mundo en el que hay una infinita variedad de cosas bellas. Reza la Biblia que Dios lo hizo todo hermoso en su tiempo, y que cada cosa tiene su propósito1.
Nos ha regalado el amor de nuestra familia y amigos y todas las dichas que experimentamos. Además de dispensarnos el don de la vida tal como la conocemos, ha prometido que nuestra alma sobrevivirá a esta existencia terrenal. Nos ofrece un futuro eterno por medio de Su Hijo, Jesucristo.
Ser cristiano puede parecer muy difícil. Buena parte de lo que Jesús enseñó va a contrapelo de nuestra naturaleza humana. Al repasar la lista que incluyo a continuación, pregúntate si lo que dijo Jesús te sale naturalmente.
Amen a sus enemigos.
Hagan bien a quienes los odian.
Bendigan a quienes los maldicen.
Oren por quienes los maltratan.